Cabin Fever


Escrito por: Nightmare Boy            

En la actualidad, Scream (1996), ese filme ingenioso de Wes Craven, revivió el género del slasher film, pero con él, la urgencia de explotar nuevamente los filmes orientados a los adolescentes. Los primeros intentos fueron muy buenos: podemos contar Se lo que hicieron el verano pasado, Leyenda Urbana, Perturbados, y con reservas, Destino Final, La casa de cera y la presente película. Con reservas, porque la película funciona bien en cuanto no se le exija mucho, pero si se le exige, lleva las de perder, empezando por todos los clichés que maneja, incluida su historia. Y aún así, vale la pena su revisión.

                Aquí se nos cuenta la historia de un grupo de universitarios de coqueta “universidad privada” que quedan atrapados en una cabaña perdida entre los bosques, al principio por diversión, luego por error. Allí, comienzan a ser asesinados por un extraño virus carnívoro. Sólo que este virus actúa con la premeditación y ventaja que anima a cualquier asesino o demonio común del cine gore. El punto es que es imposible escapar de el, pues la yuxtaposición de amenazas incluye además del virus a unos pueblerinos encabritados, policías incompetentes, perros rabiosos y aguas con babas contaminadas, y suficiente gore de estrepitosa obviedad, que para colmo, el título en español hace todavía más obvio.

                Pues de entrada nos damos cuenta de que se plantean muchas situaciones, pero la mayoría no termina de cuajar. Afortunadamente, la principal, los jóvenes asediados por el virus, toma fuerza. Los elementos característicos se instalan cómodamente: unos muchachos consiguen una cabaña en una región boscosa, para pasar un fin de semana de sexo y diversión. Antes de llegar a su destino, se detienen en algún punto del trayecto, donde alguien les avisará de antemano que no deben adentrarse en territorios desconocidos (prohibición planteada, y ellos, como buenos jóvenes sin sentido de la responsabilidad, deciden romperla).

                Este asunto no es nuevo. Lo hemos visto en películas significativas como aquella de Sam Raimi, The Evil Dead, conocida en México con el espantoso título de El Despertar del Diablo, donde cinco jóvenes se adentran en una cabaña que esconde grabaciones demoníacas que al ser recitadas, despiertan demonios que poseen a los muchachos. El esquema de los adolescentes contra el mal se repite en cintas como Camino hacia el terror, La masacre de Texas, La casa de cera (su versión del 2004), o Viernes 13. Todas presentan un viaje de los jóvenes, el rompimiento de una prohibición, una prueba que por lo general es sobrevivir al peligro que los aceche, y probablemente la reparación de la falta. Los jóvenes son presentados, en cintas con esta unidad temática, como personas irresponsables, ávidas de sexo, siempre susceptibles de ser victimizadas. De ese modo es como marcha La cabaña sangrienta, con la ¿novedad? de que la amenaza es un virus.

                No obstante, el uso de esos elementos no impide que la película se identifique como cinta de terror. Veamos: hay una cabaña que se reconoce como unidad escenográfica de lo desconocido, el mismo virus se plantea como un peligro anormal. El ambiente es adverso, propicio para cualquier anomalía.

                La parte más cuestionable de todo esto es el desarrollo de los acontecimientos. Uno a uno se infectan los habitantes de la cabaña, así porque sí. Nunca se nos explica de donde proviene el virus, porque avanza tan rápido o porque tiene esos efectos en la piel (la carcome toda dejando en el puro hueso a los muchachos). La adversidad de los personajes secundarios se plantea: no quieren a nadie extraño en el pueblo y mucho menos en la cabaña, pero no sabemos porque, y en todo caso, ocupan espacios de tiempo o son igualmente, personajes para matar.

                La motivación inicial del grupo de amigos es irse de fin de semana. Cuando el virus los ataca, se quedan ahí sentados a esperar que se los carcoma, y toda motivación desaparece, para dar paso a lo que definitivamente, tiene más peso: las muertes de cada uno, una más sangrienta que la otra. La prueba de supervivencia contra el virus no se da: el destino de los personajes, parece, es morir de forma cruel. Pero curiosamente, la película resalta por ello. Tal parece que el director sabe que las situaciones y personajes no están bien presentados, pero parece no importarle en lo más mínimo, por ello, se avoca a construir un relato, que dejando atrás todo convencionalismo crítico, resulta bastante divertido, uno hasta llega a pensar que los jóvenes se merecen lo que les pasa, no por irresponsables sino por tontos, y así lo hace ver el director.

                En este sentido, la premisa del gore se instala rápidamente y se revela el objetivo de toda la cinta: entretener a los fans del género con una sobredosis de sangre. Toda imagen es gratuita, y en cada una, se da la impresión de que el director se divierte de lo lindo. El espectador, finalmente, termina aceptando el placer culpable que significa esta película. Y esa es la razón por la que algunos ya hasta la consideran de culto. Y en ese sentido, la cinta se ubica en el rubro del gore gratuito, junto a cintas como Braindead (1992) de Peter Jackson o La casa de los mil muertos (2004) de Rob Zombie. Cintas que se hacen por el puro gusto de mostrar gore, donde la historia es lo de menos y lo que vale es que tan violentas y sangrientas resultan las muertes.

                Sin embargo, una lectura social de esta cinta es interesante. El cine de terror posmoderno se plantea como metáfora de crisis sociales, en este caso, juveniles. Pues bien, esta película exhibe una muy evidente, y es algo en lo que muchos estamos de acuerdo: la crisis del SIDA. ¿Tema incómodo de hablar? Pero si del SIDA ya se habla desde 1984, cuando se identificó por primera vez y hasta la fecha es tema de moda, que no de discusión.

                Incluso, el director, Eli Roth, dejo entrever que la cinta tenía un planteamiento humano en cuanto a ese problema (aunque a lo mejor se le ocurrió decirlo en cuanto alguien se lo sugirió). Como sea el caso, la metáfora es muy buena: los muchachos van a la cabaña a tener sexo y acto seguido, tienen un virus que los carcome. La película sirve como contrapunto de un peligro que actualmente atormenta a todos, en especial a los jóvenes.

                Por otro lado, expone el racismo, la intolerancia y la xenofobia. En alguna escena, un anciano que cuida un negocio les advierte a los muchachos que guarda una escopeta “para los negros”. Y aunque al final sabemos que esto fue una broma, la critica al asunto se asoma. De igual modo sucede con la aversión que sienten los pueblerinos hacia ellos. Se pone de manifiesto la xenofobia, incluso en algún momento de la película, se lee en alguna pared de la tienda del pueblo “We are americans. We don’t like negrees.”. Podemos ver que por el lado de la interpretación, la película puede rescatar elementos buenos, no así en su forma cinematográfica.

                Lastima, porque aunque la premisa y los elementos son comunes, se pudo haber hecho un relato más completo, al menos coherente, que fuera más allá de sólo mostrar sangre. Vale la pena verlo, no para destrozarlo, sino para darse cuenta de que por más imágenes violentas que se exhiban, el cine necesita fondo. Eso sí, al final todos mueren y el director nos deja ver que el virus se esparció por todo el pueblo. De nuevo el Mal vuelve a ganar. Al menos el director compensó todas las incoherencias argumentales de esta película en sus siguientes productos: Hostal y Hostal: Parte II, cintas violentas, sangrientas, con todas las reglas de la serie B más un apoyo adicional, Quentin Tarantino en la producción. Serán objeto de otra columna.

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