Prom Night


Escrito por: Nightmare Boy

Una de las tendencias del cine de terror norteamericano actual es la puesta al día de clásicos setenteros u ochenteros que le dieron al género carta de naturalización en Hollywood. Hacer remakes es muy común hoy día; las razones son diversas pero sin duda el dinero es la más poderosa de todas, pues explotar franquicias míticas como Friday the 13th, Halloween o Nightmare on Elm Street significa una apuesta segura para las casas productoras.

            No obstante, también significan una oportunidad de acercar a públicos nuevos, sobre todo juveniles, clásicos a los que no se tiene acceso o, simplemente, se desconocen. A veces resulta bien y las nuevas versiones funcionan mejor que las anteriores pero la mayoría de las ocasiones, los remakes solo masacran aquellos clásicos de horror. Lo único bueno que resulta entonces, es remitirnos a la película original para apreciar sus virtudes. Ese es el caso de Prom Night, cuya versión actualizada en este año es, sin contemplaciones, pura mierda.

            El filme es un raro caso de culto. Se estrenó en el año de 1980, justo después que Friday the 13th de Sean S. Cunningham inaugurara el boom comercial del slasher film, cintas en donde un asesino mentalmente desquiciado utiliza como carne de cañón a un grupo de jovenzuelos en edad de la punzada, asesinándolos con armas blancas. Hubo varias películas al respecto, pero no todas tuvieron el empuje que tuvo el filme de Cunningham, o los filmes de Wes Craven.

            No es de extrañarse, pues Prom Night, no obstante que se estrena en una época donde el género apenas mostraba sus cartas, es una acumulación de todos los clichés utilizados por importantes filmes de Tobe Hooper, Wes Craven, John Carpenter, Sam Raimi y hasta el mismo Frank Henenlotter. Pero también actúa bajo normas argumentales a las recurrirían otras películas noventeras y actuales.

            Así pues, Prom Night nos narra la historia de cuatro niños bien fashion hasta en los nombres: Nick, Kelly, Jude y Wendy. Son tan excluyentes que han creado un juego titulado El Asesino, que no es más que una retorcida versión del juego de las escondidas, con la particularidad que al sacar a un jugador de su escondite, este debe fingir su muerte. Pero a los niños se les pasa la mano y durante uno de tantos juegos, matan accidentalmente a Robin Anne Hammond, una niña freak que ansía pertenecer al popular grupo.

            Muerta la niña, los cuatro jugadores juran irse del lugar y jamás contar el suceso a nadie. Naturalmente, alguien sabe lo que hicieron (entre ellos, Kevin Williamson, quien casi dos décadas después, escribió I know what you did last summer, en la que cuatro muchachos matan a alguien que luego vuelve para vengarse). Tal como en ese filme, el testigo que presenció la muerte de Robin vuelve seis años más tarde con objeto de ajustar las cuentas.

            ¿Quién querría vengarse, si Robin Hammond ha muerto? Esa es la gran interrogante de la película, pero las posibilidades de respuesta no son muchas. Aún así, Paul Lynch juega muy bien sus cartas para medio sorprender al espectador hacia el final. Seis años más tarde, los alumnos de la preparatoria Alexander Hamilton preparan el baile de graduación. Pero los amigos de Kimberly Hammond (interpretada por una Jamie Lee Curtis explotando su trono de scream queen luego de Halloween), quien fuera hermana de Robin, reciben llamadas misteriosas anunciándoles que ha llegado la hora de jugar.

            Scream no inventó las llamadas de acechadores, de hecho Black Christmas lo hizo en 1974. Así pues, Kelly y Jude, cómplices del asesinato de Robin, reciben su respectiva llamada pero no sospechan nada, a la vez que Wendy, enemiga a morir de Kim nada más porque le bajó a Nick, su novio, prepara una broma pesada muy a la Carrie, que piensa culminar en la noche de graduación.

            Ya para rematar esta variedad de personajes, el escritor Robert Guza incluye a Lou, hermano de Kim, simple adulador de esta última, Sykes, un jardinero freak a quien se guían las sospechas en un principio, los padres de Kim, quienes lloran la muerte de Robin cada año, Sayer, un soquete bebedor, Vicky, una chica de esas que enseñan las nalgas solo por que si; y un par de investigadores que sólo dan al traste con la variada gama de adolescentes.

            ¿Qué sucede con todo esto? Que a Paul Lynch se le van los primeros sesenta minutos en presentar a los personajes, tanto que al final debe apresurar su resolución. Esos personajes estereotípicos del slasher (el bromista, el desadaptado, la bitch, el guapo, la tímida y la heroína virgen pero sensual) sirven como carnada para una persecución que el asesino hace durante el baile de graduación.

            La película entonces se torna aburrida, no nos interesa que pase con los cuatro amigos asesinos pues sabemos que habrán de enfrentarse con el matón. Deseoso, el espectador espera sus muertes pero estas no son tan prolongadas ni llenas de imaginación como aquellas perpetradas por Jason Vorhees. El director se pierde en la historia tratando de llenar los huecos argumentales, primero guiando las sospechas a Sykes, luego a un demente quemado en carne viva, Leonard Murch, quien ha escapado del psiquiátrico, y luego, entre los mismos muchachos, sin dar pistas claras.

            Para cuando el director ha decidido hacer tiempo mostrando un bailecito disco de Jamie Lee Curtis, nosotros nos preguntamos si en realidad de trata de un slasher, o peor, si veremos la mínima gota de sangre. La película en verdad esta mal escrita, mal dirigida, el encuadre está movido y la fotografía es malísima. Los pasillos oscuros de la escuela se confunden con la vestimenta negra del asesino, porque no hay principios de iluminación y cuando se llegan las muertes, la sangre, que si la hay, no se nota porque también se pierde en el fondo negro.

            Con todo esto, uno se pregunta, ¿por qué un slasher así se vuelve obra de culto? Primero, por la tendencia de los cinéfilos a ritualizar todo lo que este mal filmado porque precisamente, ese es su “valor”. Segundo, porque como amantes del género, queremos justificarlo cuantas veces sea necesario. Tercero, porque no obstante sus clichés, es fiel al modelo impuesto desde los setenta y he ahí el principal valor, pese a su estética fea, que hasta parece video digital mal transferido.

            Hacia el final, Paul Lynch apresura su resolución en un final que no debemos contar pues se trata de la mejor carta del relato. No obstante, tampoco podemos pasar por alto una manufactura casi corriente. Si decimos que Prom Night es una película de culto estamos obviando que el valor de producción de una cinta es indispensable; decir que es entretenida es sin duda la más hipócrita de las categorías pues el entretenimiento no debe ser de tan baja calidad.

            Lo que si debemos resaltar es que este filme se estrena en una década donde varios slasher vieron la luz. Happy Birthday to me de J. Lee Thompson, The Funhouse de Tobe Hooper entre otros son ejemplos de cintas que debemos detenernos a mirar pues ya se ha derramado mucha tinta sobre las famosos Friday the 13th, Halloween, A Nightmare on Elm Street. He ahí el verdadero valor de cinta como Prom Night: constituyen una alternativa a los trancazos del género. Lástima que no sean lo suficientemente bueno como para entrar en la lista de las cien mejores películas de terror de todos los tiempos. Ni soñarlo.

3 comentarios to “Prom Night”

  1. Más de acuerdo con usted no puedo estar, una vez más. Se nota su gran cultura cinematográfica en este género. Ya que habla de Funhouse de Hooper, debería dedicarle un post.

  2. Sr. Renn! Hace tiempo que no sabía de usted, muchas gracias por el comentario, aunque debo confesar que lo ha escrito Nightmare Boy, un colega recién anexado al blog que tiene muchísimos conocimientos sobre el género para compartirnos. Esperamos que pronto nos entregue una reseña de Funhouse🙂 Saludos

  3. Anónimo Says:

    guauu q miedo es una cagada

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